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Hasta hace un rato era tolerante, pero esta noche acabo de decidir que odio el colecho. El motivo final, el que me trae a este blog después de tres años sin encontrar un rato para escribir, es el primero de los motivos:

1. Es un riesgo innecesario: juntar en la misma cama personas adultas y bebés es un peligro. Un tío de más de noventa kilos de peso no puede dormir junto a una criatura de siete. Es incompatible. Con la primera criatura ya me lo planteaba, es más cada vez que acababa en la cama me pasaba la noche en tensión, arrinconado en mi borde de la cama en una postura en la que pensaba que, en caso de quedarme dormido, no rodaría sobre mi retoño.

Pero ya estamos con la segunda criatura. Y las cosas se relajan de puro agotamiento. Tanto que hace un rato me he despertado con mi brazo sobre el bebé. Y no sé cuanto tiempo -entre las cuatro de la mañana que fue la última toma y las seis que ha sido cuando me he despertado- ha estado allí. Quizá soy un padre desnaturalizado, pero tengo la sensación de que las personas dormidas no controlan su cuerpo. Y que un brazo de un adulto de noventa kilos sobre un bebé es bastante peligroso: puede tapar la nariz, presionar el cuello, oprimir los pulmones…

Cuando me he despertado y he sido consciente de la situación me apetecía gritar, salir corriendo a un hospital, montar un circo tremendo… Me he conformado con comprobar que el niño respiraba y se movía al acariciarlo. La madre y la otra criatura dormían plácidamente y no era momento de hacer otra cosa. Pero la próxima vez que mi bebé aparezca por mi cama yo me voy al sofá.

2. Sexo: me encantan los diagramas de las defensoras del colecho invitando a profanar otros lugares del hogar. Pero es complicado salir de la cama. Y más en un piso pequeño con dos criaturas. No porque no tengas un sofá cómodo dónde hacerlo o por que no te ponga la cocina. Es una cuestión de tiempo y lívido. Para muchas parejas el rato de intimidad en la cama es la chispa que detona el encuentro sexual. Si lo eliminamos poniendo un bebé o dos en medio ¿qué nos queda? Jornada laboral, comprar, preparar comidas, meriendas y cenas, poner la lavadora… De verdad, mamá colechante, si no has abordado este tema con tu pareja y crees que vive feliz en la abstinencia impuesta sin más, tenéis un problema.

3. Sueño: Mis criaturas, las dos, sólo se duermen en brazos de papá si papá está de pié. Postura que papá tiene que mantener hasta que se duermen profundamente. Después -siempre que se mueva con la suficiente delicadeza y precisión- papá puede sentarse, tumbarse o intentar dejar a la criatura en la cuna o en la cama. Pero no, no hay manera de que se duerman sin más en la cama de papá y mamá. Allí están despiertas jugueteando, moviéndose, alerta a la espera de mimos, cogidas en los brazos de mamá… Es mucho más eficiente, en horas de sueño, dormirlas de pié y meterlas a la cuna, aprovechar para dormir las horas que les dure y después volver a empezar el ciclo. Es más, a medida que crecen, cuando se duermen en la cama también se mueven, arreando patadas y puñetazos sin ton ni son, con lo que interrumpen el sueño de los adultos. Conclusión: se duerme mejor cada uno en su cama o cuna según corresponda.

4. Independencia: una cosa que hay que tener clara es que desde el momento en que se corta el cordón umbilical estamos sólos en el mundo. Y hay que aceptarlo. La función de los padres es conseguir que los hijos sean independientes para que puedan ser adultos responsables. Sí recuerdo con mucho cariño los domingos por la mañana saltando en la cama de mis padres con mis hermanos, pero también el momento en que me arropaban, me daban un beso de buenas noches y me dejaban sólo en mi cama con mis pensamientos. Quizá después de algunas confesiones o una conversación sobre los acontecimientos del día… lo que fuese, pero el instante de antes de dormir era mío conmigo mismo. Si tengo a mis criaturas durmiendo en la cama de papá y mamá hasta la pubertad ¿cuando las vamos a cortar el cordón umbilical?

5. Los bebés lloran, hay que aceptarlo: tengo hambre, cambiarme el pañal, estoy despierto… no saben hablar. Y la mayoría de los padres (y madres) tampoco tenemos comunicación telepática con nuestros bebés. Está muy bien eso de que se estresan si no les atiendes, pero mientras estás ahuecando el pañal para ver si hay sorpresa, el rato que pasa desde que los coges -por mucho que estén pegaditos a ti en el colchón de la cama- hasta que los pones en posición de mamar, desde que se caen hasta que los levantas y les das un besito… es inevitable que lloren. Están atendidos y notan tu cariño. Pero lloran. Lo importante es que aprendan a conocer y gestionar su emociones. Que según crezcan dejen de llorar por todo y hablen, que sean capaces de entenderse con su entorno y manejen la frustración que también les hará llorar en ocasiones cuando sean adultos.

Está claro que las modas de la crianza son tiernas como el día de la madre y cualquiera que tenga algo que objetar es una mala persona con traumas infantiles sin resolver. Ya se encargan las editoriales de manuales de autoayuda y las blogueras profesionales de que sea así.

Lo difícil distinguir cuando algo de lo que nos proponen a los padres y las madres es para vender más o realmente tiene un valor positivo para la crianza de nuestras hijas e hijos. O cuales son los pros y contras a valorar ante alternativas positivas y válidas.

Pero el riesgo de asfixia durante el colecho es una realidad, y no me gustaría que te despertases junto a tu bebé muerto.

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